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  Carta 2 Uno se vuelve muy bueno sobreviviendo. Tan bueno, que a veces olvida que vivir es otra cosa.
  Carta 1. La chamarra de piel  Cartas que nunca envié Hay personas a las que ya no llamamos. Hay conversaciones que terminan mucho antes de que dejemos de tener cosas que decir. Esta es una de ellas. Estaba pensando en las tardes de amor loco de los domingos. En las tardes de lluvia, cuando pasabas por mí y me llevabas al lago. Me dejabas correr la bicicleta entre el lodo y la lluvia para después meterme a la tina y hacerme el amor mientras besabas mis heridas. Esta mañana busqué mi chamarra de cuero porque lloviznaba un poco. No la encontré. Y pensé que quizá te la quedaste tú. Como los dos libros sobre los Huarani que nunca me devolviste. Como aquel suéter holgado que compartíamos en el sillón y que a veces era frazada, a veces almohada y a veces simplemente una forma de acompañarnos cuando una de las dos no estaba. Y de pronto me encontré aquí, sonriéndole a la computadora mientras te escribo. O mejor dicho, mientras escribo un mail que nunca voy a enviar. Quién sabe en qu...
  Finalmente                 Juls, es oficial, hoy cumples 33. Fue la primera alerta de la laptop cuando la abrí a las 7:30 a.m.; en tu ciudad ya eran las 3:30 p.m. Seguramente ya estarías festejando en algún picnic tu vuelta al sol… me hubiera encantado estar ahí. Pero para mí el día apenas empieza.      En esta parte del mundo hace un calor extraño; el sol abrasa un poco aunque apenas son las diez. Justo ahora me tomo mi café sentada entre estas cuatro paredes en las que nunca quise estar atrapada, pero aquí estoy: sonriéndole a la computadora mientras te escribo y escucho esta canción que hiciste para mí. Es el único recuerdo que me queda de ti para oír tu voz, para sonreír, para volver a sentir bonito mientras imagino tus ojos mirándome mientras la interpretas.      Hay días en los que daría cualquier cosa por escuchar tu voz en tiempo real. Que sonara el teléfono y fueras tú. Escucharte distraída, contándome...
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             Oye Juls:          El lunes cumples 33. Me gustaría hacerte tu pastel de plátano cubierto con chocolates y M&M's.           Sé que de vez en cuando apareces por aquí a ver si volví a escribir sobre ti.            Pues sí. Aquí estoy. Te echo de menos.               Y de alguna forma, en el fondo de mi corazón, todavía espero que un día, nada más porque sí, aparezcas por aquí y también me quieras de nuevo en tu vida.    Mientras tanto me quedo por acá, en esta parte del mundo. Hornearé tu pastel.  Moleré café fresco.      Reproduciré tu música favorita, me pondré las botas viejas de ir al cerro, empacaré un cometa, verteré  el café en el termo, tomaré la bicicleta y me llevaré al bosque, a celebrar tu cumpleaños...sabiendo que estás por ahí, en alguna parte del mundo, sin mí.  ...
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                         No todo lo que asusta es peligro  Hace un par de semanas conocí a una persona cuya energía movió mis estructuras internas. Las pocas personas que me conocen saben que estar cerca de mí implica cierta necesidad de asombro; una especie de fascinación rara por las personas que saben cosas que yo no, que me obligan a mirar el mundo con ojos nuevos. No sé cómo llamarle: una sensibilidad para apreciar la belleza del mundo que se encuentra en cosas pequeñas, para voltear a ver y decidir —sí, sí, mis huesos le avisan a mis caderas, a las vértebras de mi espalda que suben hasta mi nuca— que esa persona me agrada o es de esas pocas personas no favoritas para mí.      Y hacía varios años que no recordaba cómo se siente eso. Quizá la rutina, el cansancio, la sobrevivencia diaria, los corazones cerrados que suelo encontrar por la vida...      Pasó que me encontré con alguien...
 Lo que sí fue Hace unos días me compré un cuaderno rojo con destellos dorados. Y una pluma fuente desechable. No sé bien por qué, pero siempre he creído que así la tinta corre distinto, que mi letra —aunque no sea bonita— no se detiene, que las palabras se deslizan mejor… como si pensara menos y sintiera más. Fue una forma de decirme que quería volver a escribir, a reacomodar el vuelo. Y entre todo eso, apareciste tú. No sé si te lo diría así de frente, pero algo en mí se acomodó desde que te vi… y necesitaba ponerlo en palabras. No te conozco lo suficiente, eso lo tengo claro. No sé cómo eres cuando algo te incomoda, ni si eres de las que se quedan o de las que se van sin hacer ruido. Pero sí sé cómo me sentí contigo. Y no quiero fingir que no pasó. Me diste calma. De esa que no es tan fácil de encontrar, menos cuando una trae un mar medio indomable por dentro. Y eso me gustó. Me gustó tu risa, tu color de voz, tu forma de mirar, esa seguridad tranquila ...
 Te me quedaste entre los ojos Estoy viendo mi cuaderno rojo, ese que abrí con las manos llenas de fuego, y ahora lo siento lejos… como si perteneciera a otra vida. Me asombra la forma en que algo puede ser tan importante, tan urgente, capaz de moverlo todo… y luego apagarse en silencio, sin hacer ruido. Me quedo aquí, quieta, atrapada en la inercia de no saber cómo empezar de nuevo: cómo mirar a alguien sin miedo, cómo acercarme sin invadir, cómo tocar el mundo otra vez sin sentir que llego tarde. Y tú… te me quedaste entre los ojos. Como lo que no fue. Como lo que existe solo a la distancia, hermoso, intacto, imposible… a menos que un día decidas voltearme a ver. Hace tiempo que no sé cómo mostrar interés sin desbordarme. Así que ahora, toda esa intensidad vive hacia adentro, como un incendio que nadie ve. Quisiera decirte —y a veces casi me sale— “ni madres, es ahorita, porque el mundo se acaba”, pero me detengo. Porque no puedo irrumpir así en tu ...
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                                                             Pinche claridad: El rayo que no vino a destruirlo todo.  Anoche buscaba fotos mías y me encontré con esta imagen de Vladimir Kush.  No sé en qué museo fue -Seattle, Playa Laguna, Nuevo México...  solo sé que la tomé y la olvidé... hasta ahora. Hoy la miré distito. Hoy entendí.  Porque cuando la tomé, algo se movió cabrón dentro de mí,  y no pude ni escribirlo. Hoy sí. Es el mar que llevo dentro. Ese que a veces grita, se levanta, se desborda... y me obliga a navegarme. En algún lugar de esta habitación hay cajas con memorias que no he querido abrir, dispositivos llenos de versiones mías, bitácoras que guardan tormentas, hecatombes... y también esas veces en que quemé las naves para no tener a donde volver.  Hoy pienso en...
       Que ganas...                    Que ganas de perder el aliento,                    de respirar hasta que el pecho arda                    y el cuerpo pida tregua.                      Que ganas de olvidar el ritmo                    y encontrar otro,                     uno que no se piensa,                     solo se siente.                        Que ganas te tocar y ser tocada,                         de dejar que la piel...

Aprender a respirar otra vez

Aprender a respirar otra vez A veces acelero a fondo la bici pequeña hasta que me deja de doler la cabeza. Hay días en los que no quiero dulzura, ni palabras de aliento, ni consejos. He aprendido a vivir sola, a solas con la dulzura de mi corazón que nadie entiende. Hay días en los que solo quiero escribir desde el cuerpo, desde lo que duele y late. No para que me salven, sino para que me escuchen. Para que otros se identifiquen, se empoderen, entiendan que su soledad no es única y que la mierda en la que creen vivir tampoco. Porque sobrevivir también es un acto poético, aunque nadie lo diga. Y esto, más que un texto, es una confesión con las manos temblorosas. A veces, cuando conduzco la bici, acelero al tope la bajada a casa. Me libera: el aire que golpea el casco presiona los puntos justos para que la cabeza deje de doler, al menos durante los cinco minutos que tardo en llegar. He aprendido a vivir con dolor, solo me detengo cuando ya no puedo soportarlo. Dejo que...

De los que andan sin máscara

  Cuando pienso en las noches en que extendía la cobija en el jardín para ver la luna, en la cerveza fría entre mis manos, en el sereno cayendo sobre mi piel, en cómo el aire quemaba mis pulmones. En aquellas veces que miré el cielo con ese telescopio viejo que había en casa, o cuando, sentada en la puerta de la cocina, veía caer estrellas fugaces y le pedía a Dios y al universo crecer, ser feliz, no enfermar. No sabía que, en realidad, le pedía que me diera miedo. La “yo” de entonces no temía nada: ni lastimarse una pierna, ni morir, ni quedarse sin nada. Porque siempre había un nuevo día, y en ese día la posibilidad de moverme. Hoy, que los años pesan, que la irrigación cerebral se hace lenta, que la presión golpea en mi ojo izquierdo y la ansiedad invade mis pulmones, cierro los ojos y recuerdo. Recuerdo la sensación de apretar la tierra con mis puños, el pasto fresco bajo mis pies, la ropa mojada al beber de la manguera junto a la pila de las vacas, el pec...

A veces el amor también se despide caminando

 No hay rabia en mí, solo un cansancio antiguo, ese que deja el alma cuando ha sostenido demasiado. He esperado tanto, amor, que se me ha dormido el corazón entre tus silencios. Tu calma, que un día creí refugio, se volvió piedra sobre mi pecho. He tratado de entenderte, de justificar tus pausas, de llamar ternura a lo que era indiferencia, de ponerle nombre a un amor que ya no respiraba. Pero el amor que no crece, se pudre. Y el nuestro huele a eso: a días iguales, a besos que ya no saben a nada, a cama sin alma, a cuerpo sin fuego. Yo no quiero la paz que inmoviliza. Quiero el temblor de lo vivo, la risa que se escapa del miedo, la piel que recuerda que aún puede arder. No me fui de golpe, no. Me fui cuando dejaste de mirarme, cuando mis palabras rebotaban contra tus muros, cuando me descubrí hablando sola en una casa que no me pertenecía. Te amé con todo lo que fui, hasta vaciarme. Te amé como quien intenta salvar lo inevitable, como quien no quiere ace...

Para ti J. que siempre habitas mi corazón

He pensado en ti estos días. En cómo tomabas mi mano y corríamos hacia la orilla de la zanja, entre los árboles, cerca de tu casa… En cómo tus dedos rozaban las cuerdas de la guitarra mientras me mirabas, y cantabas, Y yo me derretía en tu mirada. En la ternura que desplegabas como un mapa secreto que yo quería descifrar con mis brazos y mis labios. Recuerdo los taquitos dorados de pollo, las veces que, jugando fútbol, me cuidabas de no lastimarme. Si hubiera sabido entonces lo que sé hoy, No te habría soltado nunca. Pero entiendo que tu paso por mi vida me enseñó a construir lo que soy ahora. Me diste estructura, aterrizaste el ápice de lo que soy. Y mi paso por la tuya te enseñó a amar con profundidad. Doce años han pasado. No sé cómo escribirte, ni dónde buscarte. Pero te siento. Te sé en el mundo sin mí. Y en lo más profundo de mi corazón florece una certeza: Vives, incansable, como siempre. No quiero imaginar qué otros brazos te sostienen, qué labios te besan,...