No todo lo que asusta es peligro 

Hace un par de semanas conocí a una persona cuya energía movió mis estructuras internas. Las pocas personas que me conocen saben que estar cerca de mí implica cierta necesidad de asombro; una especie de fascinación rara por las personas que saben cosas que yo no, que me obligan a mirar el mundo con ojos nuevos. No sé cómo llamarle: una sensibilidad para apreciar la belleza del mundo que se encuentra en cosas pequeñas, para voltear a ver y decidir —sí, sí, mis huesos le avisan a mis caderas, a las vértebras de mi espalda que suben hasta mi nuca— que esa persona me agrada o es de esas pocas personas no favoritas para mí.

    Y hacía varios años que no recordaba cómo se siente eso. Quizá la rutina, el cansancio, la sobrevivencia diaria, los corazones cerrados que suelo encontrar por la vida...

    Pasó que me encontré con alguien que sacudió de golpe mis estructuras internas. Entró por los sentidos derribando todos los filtros que suelo tener para permitirme sentir emoción, admiración y ternura. Entró por mis ojos, que suelen mirar profundo cuando voltean a ver a alguien.

Fue una calma silenciosa que con una sola conversación calmó la hecatombe que suelo llevar dentro.

    Pasó que, alguien respondió con una sonrisa como la mía, con arruguitas en los ojos, mostrando los dientes. Se sonrojó, preguntó cosas, me retó intelectualmente, ha visto el mundo más que yo, hace cosas que antes hacía yo y, en el fondo, creo que eso fue lo que me movió: la idea de retomar cosas que antes me hacían feliz.

Mis huesos de los pies le avisaron a mis caderas: ¿Es en serio que estamos sintiendo esto?

Sentí algo raro en la panza; algo caliente subió hasta mi garganta, hasta mis cachetes, hasta la nuca, y me sentí en peligro, como cuando te subes al Delaware lento y bajas con tremenda velocidad pensando que el corazón podría pararse.

La última vez que sentí eso fue en la tirolesa larga de Xcaret.

Vaya sorpresa la mía.

Sentí el peligro estando sentada trabajando mientras mi mente se sentía tranquila. Tocaba un cuerpo fuerte, muy parecido al mío; una piel morena tomada apenas por el sol de playa, un olor que no me desagradó, un cabello negro y fuerte y unos ojos que intentaban ser duros, pero me miraron con dulzura y miedo al mismo tiempo.

Y sentí entonces que alguien me miró distinto. Alguien me escuchó. Y con eso tocó una parte de mí que creía dormida.

El miedo momentáneo se convirtió en mariposas un par de días después.

Creí que había sentido lo mismo, pero creo que después de sentir emoción sintió miedo...

Y comprendí que quizá eso fue lo que me pasó a mí hace mucho. Hace mucho que nada me da miedo y, si me da, avanzo temblando, pero avanzo. Soy valiente sí, pero también de esas personas que aun cuando prevén el desastre, avanzan igual, aunque sepan que pueden terminar de frente contra él.

Quizá mi padre tuvo siempre razón al hacernos valientes, al enseñarme que la única que cargaría las consecuencias de sus actos sería yo. Y me mantuve en pie.

Avancé un poco previniendo el desastre.

Y el desastre pasó.

Le mostré más afecto del normal, más apertura, más seguridad para moverse. Le mostré que tenía un lugar seguro al cual volver; alguien con quien esconderse un momento mientras pasaba la tormenta o, si solo quería huir un rato del mundo sin mayor complicación, también.

Y ese alguien quizá es una de esas personas que pasan tanto tiempo aprendiendo a protegerse que cuando algo les devuelve un ápice de emoción, lo primero que intentan es apagarlo.

Y se sintió feo.

Porque lo apagó de tajo después de haberlo encendido con tanta facilidad. No porque no lo quiera, sino porque quizá no lo reconoció, no supo qué era eso que sintió...

Las mariposas en la panza, después de mucho tiempo, no siempre se sienten como alegría. A veces se sienten como ansiedad, como nervios, como ganas de correr, como una urgencia de salir huyendo.

Lo entiendo.

Porque después de abrir una puerta que llevaba años cerrada —o quizá una que nunca se había atrevido a abrir por miedo— el cuerpo también se asusta. La mente se desacomoda. La razón dice que no puede ser, que no está bien sentir eso y menos a estas alturas de la vida.

Quizá el problema nunca fue sentir.

Quizá el problema fue no saber que estar vivos también incluye, a veces, temblar de miedo y sacudirse.

Y lo entiendo ahora:

a veces las mariposas no llegan para anunciar una persona;

a veces llegan para recordarte que todavía sigues aquí.

Y me quedo con eso.

Me sacudió, me abrió los ojos y me obligó a hacer una pausa para preguntarme: ¿qué hago en el mundo viviendo así?, ¿desde cuándo decidí sobrevivir en vez de sentir?, ¿en qué momento hice las paces con una vida sin amor, sin pasión, sin locura y sin arrebato?

Y si algo entendí de todo esto es que algunas personas no llegan para quedarse; llegan para despertarte.

Pero también entendí otra cosa:

hay personas que necesitan más tiempo cuando sienten demasiado.

Y si alguna vez, ese miedo era lo único que estaba hablando, quiero que sepas algo:

no hace falta correr.

No hace falta explicar nada.

No hace falta apagar lo que pasó para sobrevivirlo.

Yo entendí.

Y algunas puertas, cuando valen la pena, no se cierran con llave.

Solo se quedan ahí.

No esperando.

No persiguiendo.

Solo existiendo.

Por si algún día alguien decide volver. 


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