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Mostrando las entradas de noviembre, 2025

Aprender a respirar otra vez

Aprender a respirar otra vez A veces acelero a fondo la bici pequeña hasta que me deja de doler la cabeza. Hay días en los que no quiero dulzura, ni palabras de aliento, ni consejos. He aprendido a vivir sola, a solas con la dulzura de mi corazón que nadie entiende. Hay días en los que solo quiero escribir desde el cuerpo, desde lo que duele y late. No para que me salven, sino para que me escuchen. Para que otros se identifiquen, se empoderen, entiendan que su soledad no es única y que la mierda en la que creen vivir tampoco. Porque sobrevivir también es un acto poético, aunque nadie lo diga. Y esto, más que un texto, es una confesión con las manos temblorosas. A veces, cuando conduzco la bici, acelero al tope la bajada a casa. Me libera: el aire que golpea el casco presiona los puntos justos para que la cabeza deje de doler, al menos durante los cinco minutos que tardo en llegar. He aprendido a vivir con dolor, solo me detengo cuando ya no puedo soportarlo. Dejo que...

De los que andan sin máscara

  Cuando pienso en las noches en que extendía la cobija en el jardín para ver la luna, en la cerveza fría entre mis manos, en el sereno cayendo sobre mi piel, en cómo el aire quemaba mis pulmones. En aquellas veces que miré el cielo con ese telescopio viejo que había en casa, o cuando, sentada en la puerta de la cocina, veía caer estrellas fugaces y le pedía a Dios y al universo crecer, ser feliz, no enfermar. No sabía que, en realidad, le pedía que me diera miedo. La “yo” de entonces no temía nada: ni lastimarse una pierna, ni morir, ni quedarse sin nada. Porque siempre había un nuevo día, y en ese día la posibilidad de moverme. Hoy, que los años pesan, que la irrigación cerebral se hace lenta, que la presión golpea en mi ojo izquierdo y la ansiedad invade mis pulmones, cierro los ojos y recuerdo. Recuerdo la sensación de apretar la tierra con mis puños, el pasto fresco bajo mis pies, la ropa mojada al beber de la manguera junto a la pila de las vacas, el pec...

A veces el amor también se despide caminando

 No hay rabia en mí, solo un cansancio antiguo, ese que deja el alma cuando ha sostenido demasiado. He esperado tanto, amor, que se me ha dormido el corazón entre tus silencios. Tu calma, que un día creí refugio, se volvió piedra sobre mi pecho. He tratado de entenderte, de justificar tus pausas, de llamar ternura a lo que era indiferencia, de ponerle nombre a un amor que ya no respiraba. Pero el amor que no crece, se pudre. Y el nuestro huele a eso: a días iguales, a besos que ya no saben a nada, a cama sin alma, a cuerpo sin fuego. Yo no quiero la paz que inmoviliza. Quiero el temblor de lo vivo, la risa que se escapa del miedo, la piel que recuerda que aún puede arder. No me fui de golpe, no. Me fui cuando dejaste de mirarme, cuando mis palabras rebotaban contra tus muros, cuando me descubrí hablando sola en una casa que no me pertenecía. Te amé con todo lo que fui, hasta vaciarme. Te amé como quien intenta salvar lo inevitable, como quien no quiere ace...