De los que andan sin máscara

 


Cuando pienso en las noches en que extendía la cobija en el jardín para ver la luna,
en la cerveza fría entre mis manos, en el sereno cayendo sobre mi piel,
en cómo el aire quemaba mis pulmones.


En aquellas veces que miré el cielo con ese telescopio viejo que había en casa,
o cuando, sentada en la puerta de la cocina, veía caer estrellas fugaces
y le pedía a Dios y al universo crecer, ser feliz, no enfermar.

No sabía que, en realidad, le pedía que me diera miedo.
La “yo” de entonces no temía nada:
ni lastimarse una pierna,
ni morir,
ni quedarse sin nada.
Porque siempre había un nuevo día,
y en ese día la posibilidad de moverme.

Hoy, que los años pesan,
que la irrigación cerebral se hace lenta,
que la presión golpea en mi ojo izquierdo
y la ansiedad invade mis pulmones,
cierro los ojos y recuerdo.

Recuerdo la sensación de apretar la tierra con mis puños,
el pasto fresco bajo mis pies,
la ropa mojada al beber de la manguera junto a la pila de las vacas,
el pecho de mi padre conteniendo un mundo que aún no entendía.

No planeaba estar aquí,
entre las paredes de un edificio viejo,
tecleando con prisa,
viviendo sin calma,
sintiendo este dolor de espalda y esta ansiedad profunda en el pecho.

Y, algo me sigue salvando:
el equilibrio del yoga,
las risas perdidas,
la fuerza de la bicicleta cuando acelero
y el frío del viento que me golpea la cara.
Eso me salva.

A veces pienso en aquella frase de los padres:
“Estudia para que no te ensucies las manos.”
Hoy la asimilo como una tierna paradoja.
Estudia, sí, pero no para escapar del trabajo:
ensúcialas si hace falta,
y luego límpialas con dignidad.

Estos diez años de adultez sobre todo los últimos cinco
me han mostrado el rostro del cansancio ajeno.
Ahora entiendo por qué la gente vive con el ceño fruncido,
las caderas rígidas,
la boca amarga.
No aceptan que, para ser felices, hay que moverse, fluir, encontrar la paz.

Así van, desfilando entre enfermedades:
el cáncer de colon, de mama, de estómago,
la hipertensión, la diabetes,
y cuanta dolencia nace de no escucharse.

De no entedernse. 

Y mientras tanto, los veo desfilar también con sus ropas y zapatos:
tacones de cartón que huelen a pena,
sacos sudados con las mangas percudidas,
cabellos teñidos y secos,
bolsas cambiadas a diario sin un botón que las sostenga,
autos llenos de cosas, de basura, de cansancio.

Y aun así, me miran por encima del hombro,
me recorren con la vista,
me miden por mi ropa sencilla,
por mi sonrisa limpia,
por mi mirada sincera.

Y entonces sus rostros se deforman.
Porque no saben qué hacer con alguien sin máscara.
Con alguien que no finge.

Deberíamos escribir una historia de los que andan sin máscara.
A ver qué tanto pasa,
a ver qué tanto sale de ahí.

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