Aprender a respirar otra vez
Aprender a respirar otra vez
A veces acelero a fondo la bici pequeña hasta que me deja de doler la cabeza.
Hay días en los que no quiero dulzura,
ni palabras de aliento, ni consejos.
He aprendido a vivir sola,
a solas con la dulzura de mi corazón que nadie entiende.
Hay días en los que solo quiero escribir desde el cuerpo,
desde lo que duele y late.
No para que me salven,
sino para que me escuchen.
Para que otros se identifiquen,
se empoderen,
entiendan que su soledad no es única
y que la mierda en la que creen vivir tampoco.
Porque sobrevivir también es un acto poético,
aunque nadie lo diga.
Y esto, más que un texto,
es una confesión con las manos temblorosas.
A veces, cuando conduzco la bici, acelero al tope la bajada a casa.
Me libera:
el aire que golpea el casco presiona los puntos justos
para que la cabeza deje de doler,
al menos durante los cinco minutos que tardo en llegar.
He aprendido a vivir con dolor,
solo me detengo cuando ya no puedo soportarlo.
Dejo que el aire me golpee la cara
hasta que los ojos arden y el cerebro zumba.
La presión se dispara,
la sangre riega rápido la tristeza,
y el cuerpo somatiza en migraña
lo que no me atrevo a decir en voz alta:
la impotencia, la indignación, la ira,
el emputamiento con los que siempre llevan prisa
y quieren que me haga a un lado.
Como si la velocidad pudiera desatorarme la melancolía diaria
de estar aquí, en este mundo donde —sí, sufro—
porque paso los días tecleando cosas que no son estas líneas,
intentando encajar en la inteligencia media,
en su vida inculta,
donde se habla más de series que de libros,
más de gente que de poesía,
más del precio de la ropa que de cómo se siente al usarla.
Entonces acelero un poco más y río, como una loca,
porque vuelvo, quizá, a sentir miedo de morir.
¿En qué momento olvidé el miedo a morir?
Quizá el día que le conté a mi madre
que la venita en la cabeza existía
y que no era grave, solo controlable.
Que si sigo limitándome así,
tratando de encajar solo para que los demás no se incomoden,
un día volveré a colapsar.
Un infarto no contado a nadie.
Hoy, ocho años después,
me atrevo a nombrarlo.
Me reinició la vida, la pasión, la ternura.
Tuve miedo los años siguientes.
Hoy ya no.
Y agradezco todo lo que he pasado
para darme cuenta ahora
de que no deseo perder más tiempo
en estas paredes viejas,
en esta cárcel mental del horario,
conteniendo mis ganas de huir,
de salir corriendo cada vez que me hacen molestar.
Primero, para no enojarme yo;
después, para no herir con las palabras;
o quizá, para no golpear.
Porque en ese instante —justo ahí,
con el cuerpo a punto de perder el control
antes de estabilizar la bicicleta—
vuelvo a sentirme viva.
Y miro a los lados,
para asegurarme de que nadie me haga daño.
El casco me da paz,
disminuye el dolor, el ruido.
Mi voz resuena dentro:
—Gracias, Dios, por un día más.
Gracias por dejarme ayudar a otros
a aliviar sus dolencias.
Gracias por la comida,
por mis manos, por mis pies.
Gracias, Diosa del mundo,
porque Dios ha de ser mujer,
de tan cabrona que es a veces
cuando me pone a la gente injusta.
Y pienso:
¿algún día volveré a reír así,
sin tener que sentir riesgo?
Y me río otra vez.
De mí, del vacío,
de esta costumbre de sobrevivir
a base de adrenalina.
A veces subo a la azotea.
Me paro en el filo.
Siento el sudor resbalarme por las manos.
Y no es que quiera saltar:
es que la cabeza me dice baja, carajo,
y yo solo quiero entender
por qué vivir se parece tanto a resistir.
A veces pienso que sería más fácil morir ahora,
acabar el juego sin más,
sin la coreografía absurda
de levantarse, comer, trabajar,
hacer yoga,
respirar como si el aire no pesara.
Mitigar las ganas de vivir en el bosque,
subirme a la lancha, remar,
pescar un poco,
recoger hongos,
levantar los huevos de las gallinas...
Maldita la hora en que el éxito
se convirtió en medir la riqueza.
Ya se les olvidó a los padres
que jugar en la calle también formaba carácter...
Pero lo hago.
Me levanto.
Me miro al espejo
con esa sonrisa a medio camino
entre el coraje y la derrota,
y digo:
—Mierda, aquí voy de nuevo.
Y voy.
Como, corro, trabajo,
y a ratitos soy feliz.
Cuando camino y hace aire,
cuando el polvo se mete en los ojos
y me arde,
y sé que sigo viva porque duele.
Porque bebo agua fría.
Porque como caldito caliente.
Porque me estiro en el piso
y ya no duele más.
Vivo limitada por las miradas,
por la moral ajena,
por los que dicen amar
pero no entienden que amar también es moverse,
fluir, crecer, evolucionar.
Y sigo aquí,
tratando de consolidar el plan
para no morir entre paredes viejas,
entre textos de oficina,
entre marañas de trajes y zapatos vacíos.
Porque hay algo pequeño, tercamente luminoso
que no se deja apagar:
mi sonrisa, quizá,
esa que los descoloca,
esa fé incansable,
esa que habita el espacio sin pedir permiso,
que hace ruido,
que ríe, que llora, que avanza.
Porque sé resolver rápido lo que otros postergan.
Porque aprendí que la vida no se espera, se toma.
Que el miedo se enfrenta andando.
Que la libertad no se mendiga: se construye.
Ese pedazo que insiste,
que me recuerda que la vida es esto:
luchar todos los días contra el monstruo en la cabeza
solo para seguir respirando,
para ser feliz,
para avanzar,
para descolocarme,
para no estancarme.
Y ahí está el aprendizaje:
que vivir no siempre es amar la vida,
pero sí elegirla cada día,
aunque duela, aunque queme,
aunque pese.
Porque cada vez que lo hago,
vuelvo a nacer un poco
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