Entradas

Aprender a respirar otra vez

Aprender a respirar otra vez A veces acelero a fondo la bici pequeña hasta que me deja de doler la cabeza. Hay días en los que no quiero dulzura, ni palabras de aliento, ni consejos. He aprendido a vivir sola, a solas con la dulzura de mi corazón que nadie entiende. Hay días en los que solo quiero escribir desde el cuerpo, desde lo que duele y late. No para que me salven, sino para que me escuchen. Para que otros se identifiquen, se empoderen, entiendan que su soledad no es única y que la mierda en la que creen vivir tampoco. Porque sobrevivir también es un acto poético, aunque nadie lo diga. Y esto, más que un texto, es una confesión con las manos temblorosas. A veces, cuando conduzco la bici, acelero al tope la bajada a casa. Me libera: el aire que golpea el casco presiona los puntos justos para que la cabeza deje de doler, al menos durante los cinco minutos que tardo en llegar. He aprendido a vivir con dolor, solo me detengo cuando ya no puedo soportarlo. Dejo que...

De los que andan sin máscara

  Cuando pienso en las noches en que extendía la cobija en el jardín para ver la luna, en la cerveza fría entre mis manos, en el sereno cayendo sobre mi piel, en cómo el aire quemaba mis pulmones. En aquellas veces que miré el cielo con ese telescopio viejo que había en casa, o cuando, sentada en la puerta de la cocina, veía caer estrellas fugaces y le pedía a Dios y al universo crecer, ser feliz, no enfermar. No sabía que, en realidad, le pedía que me diera miedo. La “yo” de entonces no temía nada: ni lastimarse una pierna, ni morir, ni quedarse sin nada. Porque siempre había un nuevo día, y en ese día la posibilidad de moverme. Hoy, que los años pesan, que la irrigación cerebral se hace lenta, que la presión golpea en mi ojo izquierdo y la ansiedad invade mis pulmones, cierro los ojos y recuerdo. Recuerdo la sensación de apretar la tierra con mis puños, el pasto fresco bajo mis pies, la ropa mojada al beber de la manguera junto a la pila de las vacas, el pec...

A veces el amor también se despide caminando

 No hay rabia en mí, solo un cansancio antiguo, ese que deja el alma cuando ha sostenido demasiado. He esperado tanto, amor, que se me ha dormido el corazón entre tus silencios. Tu calma, que un día creí refugio, se volvió piedra sobre mi pecho. He tratado de entenderte, de justificar tus pausas, de llamar ternura a lo que era indiferencia, de ponerle nombre a un amor que ya no respiraba. Pero el amor que no crece, se pudre. Y el nuestro huele a eso: a días iguales, a besos que ya no saben a nada, a cama sin alma, a cuerpo sin fuego. Yo no quiero la paz que inmoviliza. Quiero el temblor de lo vivo, la risa que se escapa del miedo, la piel que recuerda que aún puede arder. No me fui de golpe, no. Me fui cuando dejaste de mirarme, cuando mis palabras rebotaban contra tus muros, cuando me descubrí hablando sola en una casa que no me pertenecía. Te amé con todo lo que fui, hasta vaciarme. Te amé como quien intenta salvar lo inevitable, como quien no quiere ace...

Para ti J. que siempre habitas mi corazón

He pensado en ti estos días. En cómo tomabas mi mano y corríamos hacia la orilla de la zanja, entre los árboles, cerca de tu casa… En cómo tus dedos rozaban las cuerdas de la guitarra mientras me mirabas, y cantabas, Y yo me derretía en tu mirada. En la ternura que desplegabas como un mapa secreto que yo quería descifrar con mis brazos y mis labios. Recuerdo los taquitos dorados de pollo, las veces que, jugando fútbol, me cuidabas de no lastimarme. Si hubiera sabido entonces lo que sé hoy, No te habría soltado nunca. Pero entiendo que tu paso por mi vida me enseñó a construir lo que soy ahora. Me diste estructura, aterrizaste el ápice de lo que soy. Y mi paso por la tuya te enseñó a amar con profundidad. Doce años han pasado. No sé cómo escribirte, ni dónde buscarte. Pero te siento. Te sé en el mundo sin mí. Y en lo más profundo de mi corazón florece una certeza: Vives, incansable, como siempre. No quiero imaginar qué otros brazos te sostienen, qué labios te besan,...
  Un poco de calma  Quisiera un poco de calma, beber un café sin prisa, platicar con atención.        Quisiera un poco de calma, ir al mercado sin prisa, beber una cerveza sin prisa,  comer pizza, pasta y bailar sin prisa...     Tan solo quiero vivir sin prisa.

Lu

  Estaba pensando en ti, en las largas horas de camino a la playa, En las canciones viejas, en tus pies descalzos al manejar...     En tus cabellos enmarañados por el viento y tus gafas negras caídas sobre la nariz... Estaba Pensando en ello, en los fines de semana largos que aunque fueron pocos; fuimos felices también.     Estaba  pensando en ti en las noches de amor loco, en la pasta cocinada al dente  a media luz...  En la libertad que hacías sentir, en lo ligera que me sentía en tus brazos al dormir.
Imagen
  La mirilla  Hace un par de años encontré en el museo Botero está exposición,   recuerdo que llamó mi atención porque era una pared amarilla con pequeñas mirillas cómo las que tienen las puertas de los hoteles, me acerqué y haciendo un esfuerzo con mi ojo derecho que tiene menor Degeneración macular, descubrí pequeñas escenas... En ese momento solo me parecieron un hallazgo hermoso, hoy comprendo la intención del artista del cual lamentablemente no supe su nombre (por cierto si lo saben díganmelo)… Regreso al mensaje: no hay que juzgar por la portada, hay que observar, pero a veces un solo vistazo basta para descubrir que dentro de la mirilla no hay nada o quizá haya to un mundo bello, colorido y maravilloso, o que puede estar colocada al revés para que todos puedan ver lo que  hay dentro y aún así no descubrir nada, por la ceguera con la que solemos caminar a diario.