Aprender a respirar otra vez
Aprender a respirar otra vez A veces acelero a fondo la bici pequeña hasta que me deja de doler la cabeza. Hay días en los que no quiero dulzura, ni palabras de aliento, ni consejos. He aprendido a vivir sola, a solas con la dulzura de mi corazón que nadie entiende. Hay días en los que solo quiero escribir desde el cuerpo, desde lo que duele y late. No para que me salven, sino para que me escuchen. Para que otros se identifiquen, se empoderen, entiendan que su soledad no es única y que la mierda en la que creen vivir tampoco. Porque sobrevivir también es un acto poético, aunque nadie lo diga. Y esto, más que un texto, es una confesión con las manos temblorosas. A veces, cuando conduzco la bici, acelero al tope la bajada a casa. Me libera: el aire que golpea el casco presiona los puntos justos para que la cabeza deje de doler, al menos durante los cinco minutos que tardo en llegar. He aprendido a vivir con dolor, solo me detengo cuando ya no puedo soportarlo. Dejo que...